TRIBUNA ABIERTA
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sábado, 4 de mayo de 2019
jueves, 25 de abril de 2019
Juan José R. Calaza ABC, 24 de abril de 2019. Por qué votamos (o no)
Por qué votamos (o no)
«Hay que tomar decisiones que afectan a la colectividad y no hay ninguna norma de decisión mejor que el voto»
La teoría del voto encara numerosas paradojas (de Anscombe, de Simpson, de Ostrogorski, de Condorcet, de Alabama, de Downs, etc.) que afectan a los fundamentos de las reglas de decisión colectiva. En especial, en ciertas circunstancias la paradoja de Condorcet muestra ciclos de preferencias que impiden designar un candidato o programa político ganador. Esta paradoja constituye el talón de Aquiles de los modelos político-matemáticos, cuyo núcleo duro es el teorema de imposibilidad de Arrow, pero en la práctica es difícil encontrar vencedores que no sean Condorcet-ganador si los votantes son numerosos. También es cierto que pueden darse condiciones favorables (medidas por una especie de índice de Nakamura). Esto es, si las divergencias de los electores no son demasiado intensas disminuye la probabilidad de ocurrencia del efecto Condorcet y de la aparición de ciclos intransitivos. Es decir, la colectividad expresa en los sistemas electorales su voluntad mayoritaria sin ambigüedad.
En España se ha optado por la regla de D’Hondt que evita, entre otras, la paradoja de Alabama. Esta -así llamada porque se dio por primera vez en ese estado- surge cuando en un escrutinio proporcional, al disminuir el número de escaños (pongamos, de 36 a 35) el partido menos votado obtiene más representantes, verbigracia, pasa de 7 a 8, incluso con el mismo número de votos que en el escrutinio precedente y manteniendo las listas rivales los votos sin cambio alguno. Las ventajas del método D’Hondt no lo liberan de algunos inconvenientes. Los representantes de pequeñas circunscripciones representan en general a un mayor número de votantes que los de las grandes. Hay que tener en cuenta que las circunscripciones menos pobladas son generalmente las más pobres y también donde los servicios públicos son menos abundantes y de peor calidad.
En realidad, la primera paradoja del voto es que tanta gente vote. Salvo excepción, los porcentajes de participación suelen ser superiores al 50% del censo electoral. Desde el estricto punto de vista de la racionalidad instrumental, entendida como aquella que los agentes aplican en su propio interés con conocimiento de causa para evaluar el coste/beneficio o la utilidad/desutilidad de sus decisiones, sorprende que voten tantos electores. Según el popular modelo de Anthony Downs, puesto que la probabilidad de que un elector (agente representativo) cualquiera influya con su voto el resultado de una votación es prácticamente nula, infinitesimal, ningún eventual votante tomado individualmente tiene interés en ir a votar al ser una pérdida de tiempo. Aplicando la racionalidad instrumental, la predicción del modelo de Downs es que el agente representativo no vota pero como todos y cada uno de nosotros somos idealmente representativos nadie debería votar.
Por oposición al modelo de Downs, otros sociólogos y politólogos especializados en sistemas electorales y teoría de la decisión colectiva proponen que a los votantes no los guía solo la racionalidad instrumental sino también la racionalidad axiológica. Muchos votantes tienen principios por encima de intereses meramente utilitaristas y se comportan de forma coherente en consonancia con dichos principios. No solo se vota por razones utilitaristas personales sino también para ejercer un derecho inherente a la democracia la cual constituye un bien superior. Desde esta perspectiva, en la jerarquía de valores de los votantes prevalece el respeto a las normas democráticas frente al coste/desutilidad -teóricamente inútil pues ya hemos visto que la probabilidad de que el voto personal cambie las cosas es prácticamente nula- en que incurre el votante representativo del modelo de Downs.
Los defectos y paradojas de los sistemas electorales, sumados a los numerosos teoremas de imposibilidad descendientes del de Arrow, deberían poner en entredicho, desde un punto de vista normativo, el voto como técnica de decisión colectiva a partir de las preferencias de los votantes. ¿Por qué nos servimos entonces de un sistema tan imperfecto? Porque hay que tomar decisiones que afectan a la colectividad y no hay ninguna norma de decisión mejor que el voto.
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Juan José R. Calaza es economista y matemático; Guillermo de la Dehesa es Técnico Comercial y Economista del Estado
sábado, 6 de abril de 2019
Juan José R. Calaza ABC 1 de abril de 2019. La posverdad es otro fake
La posverdad es otro fake
«Los conceptos encriptados en los neologismos “posverdad” y “bullshitter” corresponden a una trama urdida para perjudicar y desprestigiar al centro-derecha político»
En la jerga progresista al uso llaman peyorativamente bullshitter a quien pudiendo movilizar recursos críticos -al disponer de pruebas o, al menos, indicios- que lo llevarían a darse cuenta de la falsedad de sus creencias no lo hace. Y no lo hace porque al bullshitter, en su enfermizo menosprecio de la verdad y los hechos objetivamente verificables, no le importa la veracidad o falsedad de la noticia/opinión que emite o a la que adhiere aunque pueda perjudicarle (Frankfurt, H. G., On Bullshit, 2005). Dicho sea, insisto, en la jerga progresista establecida de la que el libro de Frankfurt es singular muestra. De esa guisa, la falsa creencia o bullshit (despectivamente, bosta de toro) encarna el contenido de la adhesión obstinadamente emotiva, casi enfermiza o fanática, a la posverdad. Otro sesgado neologismo (Dieguez, S., Total Bullshit! Au Coeur de la postvérité, 2018) utilizado profusamente por influyentes medios progresistas contra los conservadores que no se someten al decálogo político, social y cultural impuesto desde el mainstream mediático. Dando por sentado implícitamente, sobra decir, que izquierda y progresistas no incurren en posverdad aunque digan intencionadamente sandeces como que el cambio climático mató al monstruo del Lago Ness.
Según la vulgata progresista, los bullshitters -yo, sin ir más lejos- son imbéciles siniestros, reaccionarios, populistas elementales de la derecha rural y las clases proletarias perdedoras, marginales e ignaras, opuestas a la modernidad de la globalización, de las finanzas transnacionales y del matrimonio entre personas del mismo sexo/género, etc. etc. etc. Desde el enfoque de la izquierda postinera, mundana, cosmopolita, diplomada de campus anglosajón, políglota y estupenda, los bullshitters son, prácticamente, descerebrados analfabetos manipulados por demagogos, simpatizantes de Trump, de Bolsonaro, de Vox y del Brexit, machistas, racistas, indiferentes al cambio climático o reacios a las medidas para combatirlo. Los bullshitters son, somos, enemigos de la plurinacionalidad de los Estados históricos, férvidos oponentes de la multiculturalidad, de la inmigración, del feminismo y de las minorías con preferencias sexuales divergentes respecto al nefasto canon patriarcal impuesto secularmente por el Hombre Blanco, etcétera. En definitiva, los bullshitters -fantasmas o farsantes, traducción quizás más apropiada que mentirosos- para el canon progresista son pura morralla humana que, para colmo, llegado el caso confluyen con el nihilismo populista como los chalecos amarillos en Francia.
Cerrando el triángulo semántico de los nuevos inquisidores de la moral política, cuando las mentiras o falsedades se difunden masivamente devienen fake news (abreviación, fake/FN) en expresión consagrada. Esto es, falsas informaciones cuya capacidad de propagación en el ciberespacio adquiere dinámicas virales por mor de los medios sociales de comunicación o, brevemente, medios sociales. Plataformas de comunicación online cuyo contenido se deja a voluntad de los usuarios, casi sin control ni censura de ningún tipo y aun menos exigencias de veracidad en la publicación, edición e intercambio de información. Con una sencilla búsqueda en internet constatamos que las FN son un tipo de bulo con apariencia seria y objetiva cuya finalidad es desinformar a parte de la opinión pública con la intención deliberada de perjudicar, engañar, inducir a error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una institución, entidad o persona u obtener ganancias económicas o rédito político. Para botón de muestra, el ciberespacio frecuentado por simpatizantes de Podemos se incendió pidiendo la cabeza de Rajoy por una ley que prohibía amamantar en la vía pública. La ley era una fake news de origen argentino. Asimismo, y no es baladí, no toda falsa noticia es fake. No lo son, por ejemplo, las de carácter satírico de algunos trolls porque la falsedad o desinformación queda evidenciada al recrearse en trazos incuestionablemente humorísticos tal «las estelas que dejan los aviones son fumigaciones de Viagra».
Aunque a veces las FN se relacionan con la posverdad no son estrictamente lo mismo. La posverdad es fake específico urdido, sin el mínimo rasgo de humor, para perjudicar y desprestigiar a la derecha. Si el término posverdad hubiese nacido con carácter objetivo para mostrar como los sesgos de confirmación se cuelan en el debate político se podría ver en ello una aplicación de las ciencias cognitivas a la política o a la propaganda, pero dado que su finalidad es desprestigiar a los conservadores deviene puro y tramposo fake. Es decir, para bullshitters los proponentes del concepto posverdad.
Sirva de ejemplo que, soslayando las fake news a favor de Clinton, en relación con la elección de Donald Trump adversarios varios insistieron en que las FN jugaron un papel importante. Verbigracia, la difusión en las redes que el Papa habría apoyado a Trump. Pero en opinión de dos investigadores estadounidenses, reputados por sus conocimientos de medios sociales, el impacto de falsas noticas en la elección fue muy marginal, prácticamente nulo (Hunt Alcott y Matthew Gentzkow, Social Media and Fake News in the 2016 Election). Los investigadores concluyeron que para que las falsas informaciones hubiesen tenido algún impacto en el voto en Michigan, Pensilvania y Wisconsin (circunscripciones decisivas) deberían haber sido tan influyentes como 36 publicidades electorales en la televisión. Sucede que las falsas informaciones son una gota de agua en la cascada de propaganda que les cae encima a los estadounidenses en periodo electoral: el efecto es mínimo.
Dudo que la onda expansiva de las falsas noticias pueda decisivamente influir en la toma de decisiones individuales. Solo se convence, más, a convencidos y, algo, a indecisos. Es cierto que en política es fácil caer en la ultranza y la caricatura, siempre ha sido así, siempre circularon bulos, pero lo que antes era obra solo de los profesionales de la difamación o especialistas de partidos políticos ahora se ha generalizado de forma que las mentiras de siempre al convertirse en FN se propagan viralmente. Pero, precisamente, el exceso acaba creando anticuerpos de escepticismo en el tejido social y finalmente casi todo el mundo se inmuniza contra las falsas noticias, al tiempo que la ley de los grandes números equilibra los efectos. O sea, que vayan a otra parte con el cuento de que los bullshitters votan al centro-derecha porque, en la era de la posverdad, se dejan camelar estúpidamente por las fake news. Eso sí que es fake.
Juan José R. Calaza es economista y matemático
domingo, 24 de marzo de 2019
Juan José R. Calaza ABC 24 de marzo de 2019. Votar estratégicamente
Votar estratégicamente
España entraría en una dinámica política virtuosa si los partidos acendradamente constitucionalistas presentaran lista única vista la gravedad de la situación que encara el país
La teoría del voto no es técnicamente fácil pues se sitúa entre la ciencia política y las matemáticas. Aun así, en ciertas circunstancias llega conque los políticos sepan sumar y restar y consulten la Constitución y la Loreg para tomar la buena decisión. Probablemente España entraría en una dinámica política virtuosa si los partidos acendradamente constitucionalistas presentaran lista única vista la gravedad de la situación que encara el país. Pero, de no ser así, y no será así, en el caso del Senado votar inteligentemente es votar estratégicamente.
Dejando de lado los senadores autonómicos, la mayoría se eligen en circunscripciones provinciales peninsulares (cuatro por provincia). En las provincias insulares cada isla o agrupación (Ibiza-Formentera) constituye una circunscripción a efectos de elección. Tres senadores se asignan a cada una de las islas mayores (Gran Canaria, Mallorca y Tenerife) y uno a cada una de las menores (Ibiza-Formentera, Menorca, Fuerteventura, Gomera, El Hierro, Lanzarote y La Palma). Ceuta y Melilla eligen dos cada una. Cada elector dispone de tres votos en las circunscripciones provinciales peninsulares, dos en las islas mayores, dos en Ceuta y Melilla y uno en las islas menores. En consecuencia, la fuerza política con más votos en cada circunscripción peninsular consigue el 75% de escaños (en Ceuta y Melilla y las islas menores el 100%).
Aunque los candidatos aparecen agrupados por partidos en la papeleta al Senado, las candidaturas son individuales y el elector puede votar a candidatos de fuerzas diversas. Quiere decirse, el voto al Senado es un procedimiento distinto del de las listas del partido, cerradas y bloqueadas, del Congreso. Por simple aritmética, la mayoría absoluta conformada por PP, Cs y Vox en el Senado sería imparable si los partidos dan la orden y los electores respetan la disciplina de voto: cada votante debe votar solamente al primer candidato de la lista del PP, al primero de Cs y al primero de Vox. Para los constitucionalistas, votar inteligentemente es votar estratégicamente.
Juan José R. Calaza es economista y matemático
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martes, 12 de marzo de 2019
Juan José R. Calaza ABC 11 de marzo de 2019 ¡Qué pidan perdón!
tRIBUNA ABIERTA
¡Que pidan perdón!
«Es destacable que ninguno de los golpistas del 1-O haya mostrado arrepentimiento ni pedido perdón a los catalanes»
Viena es sede de la Escuela Española de Equitación (Spanische Hofreitschule). Fundada en 1571, el edificio que la alberga, el mejor centro ecuestre del mundo, se construyó por orden del emperador del Sacro Imperio, Carlos VI, rey titular de España entre 1703 y 1714, sin llegar a reinar, y archiduque de los catalanes. El reinado de Carlos VI estuvo marcado por querellas sucesorias de dinastías europeas. Carlos VI renunció al trono de España en 1714 en el tratado de Rastatt. Con estos mimbres, invocando obsoletos privilegios sin vigencia en las modernas democracias, fabrican los catalanistas alforjas que exigen llenar al Estado con dinero, unas veces, o con mayor autogobierno, otras. Ahora bien, cualquier observador objetivo, español o extranjero (y mira que son fáciles de engañar los extranjeros), sabe que el catalanismo es la máscara oportunista y amable del supremacismo secesionista gracias a la cual han obtenido de España casi todo lo que han exigido. De hecho, les ha sido suficiente decir una cosa y pensar otra. Vieja y eficaz táctica, saber mentir es un arte. Encabezando el capítulo XXII de Le Rouge et le Noir, ya citaba Stendhal al jesuita italo-portugués Gabriel Malagrida: «La palabra le ha sido dada al hombre para ocultar su pensamiento». Pero, aunque matemáticamente no sea cierto, todo tiene un límite. También en política. Hasta el río más fatigado llega finalmente al mar, escribió Swinburne.
Un rasgo delator del supremacismo catalanista es que toma a los españoles por imbéciles. Incluidos los españoles que les ríen las gracias y los que les ceden ceremoniosamente el paso y los que les deslizan aduladoramente la mano por la espalda. El supremacismo catalanista toma por imbéciles a los españoles en bloque. Y no me duelen prendas reconocer que, visto el nivel de algunos gobiernos que hemos tenido y cómo han gestionado los conflictos de alta y baja intensidad con la Generalitat, no les falta completamente la razón a los homunculi catalani. Con decir que el punto 11 de las 21 demandas de Torra a Sánchez era «Frenar el deterioro de la imagen de España»…
No obstante, lo de ahora, es decir, lo del 1-O, es distinto. Lo de ahora ha sido un clarísimo golpe de Estado frustrado e incruento (¡por pura suerte!) contra una de las democracias más dinámicas, protectoras y garantistas del mundo que, obviamente, tuvo que defenderse. Lo de ahora es tan distinto respecto a lo que ya hubo históricamente que al secesionismo le va a resultar muy difícil volver a engañar a los españoles por mucho que ponga en práctica el aforismo de Malagrida. Los recalcitrantes golpistas no engañan a nadie -excepto a su hipnotizada masa y algún corresponsal alcohólico destacado en Barcelona- con el paripé que montan estos días ante el TS para descargarse fraudulentamente de las motivadas acusaciones. Digo recalcitrantes porque no se atisba el mínimo arrepentimiento ni ninguna prueba de que si retornaran a sus anteriores responsabilidades políticas y ejecutivas no volverían a intentarlo.
El comportamiento de Junqueras -ese Sócrates en pantuflas, orinal bajo la cama y cartilla de ahorros- ante el TS es de manual del golpista irredento. No reconoce ni adarme de culpabilidad y responsabiliza al Estado de violencia buscando que en el extranjero le echen finalmente un capote. ¿Tanto le cuesta a Junqueras confesar que intentó separar a Cataluña ilegalmente? Deberían informarle de que Hirohito -emperador Showa, en Japón- se dirigió al país (1/01/1946) en un histórico discurso radiofónico (Ningen-sengen) reconociendo la falsedad de su «naturaleza divina». En la vida hay que saber perder. No le pedimos tanta grandeza de alma ni altura de miras a Junqueras ni al resto de la tropa golpista, ni es necesario que se pongan de rodillas implorando perdón por todo el daño causado a los catalanes, pero no puede haber clemencia ni magnanimidad -ni a corto ni a medio ni a largo plazo- para con quien no reconoce sus gravísimos errores y se engalla culpando al Estado.
Y sí, los próximos veinte años que pase el muy católico homúnculo Junqueras entre rejas podrá disfrutar de no pocas visitas de la monja independentista Teresa Forcades -enemiga acérrima de las vacunas y promotora de la pócima milagrera MMS, parecida a la lejía, con letales efectos secundarios para la salud- en previsión de reconvertirse, a su liberación, en vendedor de crece pelo.
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Juan José R. Calaza es economista y matemático
jueves, 31 de enero de 2019
Juan José R. Calaza ABC 31 de enero 2019 Homúnculos
TRIBUNA ABIERTA
Homúnculos
«Es difícil encontrar político más insignificante y con menos dotes intelectuales al tiempo que más inmaduro que Junqueras»
Hace tantos años que ya no recuerdo a cuál de los siguientes neologismos di, con cierto éxito mediático, cuño e impronta: necionalista, nazionalista, nacionalitarista. No me arrepiento de haber contribuido a la «crispación» política -como me reprochó un pelagatos de la izquierda lerda-, sabedor de que el peor insulto que podían escupirle a una persona en algunas regiones de la periferia, a veces preludio de asesinato, era español. Con estos antecedentes, propongo hoy homúnculo/homunculus al ser término muy gráfico y descriptivo respecto a los urdidores de la fraudulenta chapuza del así llamado procés. Chapuza imposible de cohonestar por mucho que gasten en indisimulada y costosa propaganda avalada, por ejemplo, por el PEN Club en el «NYT».
De diez millones de palabras que estimativamente hay en los Newton Papers, un millón tratan de alquimia. Por extraño que parezca a ojos de la ciencia actual, Newton -el físico más genial que ha habido, junto con Maxwell y Heisenberg- dedicó casi la mitad de su vida a buscar la piedra filosofal, grial de las ciencias ocultas. Inquietamente culto y adinerado, Keynes adquirió, en varias subastas, prácticamente la mitad de los manuscritos alquímicos de Newton y los estudió antes de donarlos al fondo de la Universidad de Cambridge, alma mater de ambos.
Informándome en Keynes, seguí a tientas la senda de Newton, aunque más lúdicamente que él, y encontré mi modesta piedra filosofal en «De homunculis» (circa 1529-1532), atribuido a Paracelso. Si bien el descubrimiento no me permitió transformar la paja en grano ni la arena en oro, me enriqueció como para entender un poco más, nunca es suficiente, de dónde proviene la admiración acrítica de la masa estabulada y espesa del independentismo catalán a unos líderes tradicionalmente tan mediocres -ambiciosos o masoquistas, no sabría decir- que llevan cien años de derrota en derrota. No obstante, lo verdaderamente desconcertante, lo que provoca casi conmiseración y una especie de interpuesta vergüenza ajena -«Íbamos de farol», dijo implorando clemencia la golpista escapada a St. Andrews- es que se cumple tercamente el aforismo de Monterroso: «Los enanos se reconocen entre ellos».
Homunculus/homúnculo es un ser mítico, hombrecillo o humanoide creado artificialmente en laboratorio (a partir de esperma y estiércol de caballo, por ejemplo), intento imperfecto e inacabado de ser humano. Ocurre que no es inapropiada metáfora plantear que la ingeniería social educativa, administrativa y mediática del independentismo catalán cree, artificiosamente al modo de los alquimistas, abundosas cohortes de homúnculos/ homunculi políticos en laboratorios ideológicos con el dinero que España, dicen, les roba. A veces la experimentación fracasa y, pasado el tiempo, los más maduros intelectualmente se escapan de entre las cerradas mallas de los alquimistas independentistas. Ciertamente, romper mentalmente el eslabón que aherroja los jóvenes al nacionalismo tiene mérito habida cuenta que más del sesenta por ciento del profesorado de secundaria se considera republicano y separatista.
Cuando le comuniqué el descubrimiento de mi piedra filosofal semántica -y el interés de la alegórica metáfora que enlaza los homúnculos con los enanos de Monterroso y las embridadas masas independentistas-, Fernando Savater confirmó que Goethe, en su maldad, hace aparecer un homúnculo en la segunda parte de «Fausto». Sin embargo, el descubrimiento hubiera resultado de poca utilidad si no me hubiese dado de bruces, por así decir, con unas encuestas que presentaban a Junqueras como el político más valorado por los independentistas. No me quedó adarme de duda: la masa social independentista catalana está formada por homúnculos políticos. Preciso, en breve acotación, que «hombre», cuando se refiere a la especie, es de género epiceno, indicando tanto el macho de la especie humana como la hembra. En consecuencia, los homúnculos pueden ser mujeres. Que se lo pregunten a Carme Forcadell, que iba matoneando Parlament adelante hasta que el Estado le paró los diminutos pies de homúnculo. Los cuatro.
Y es que Junqueras es paradigmático como homúnculo de malograda hombría. Resulta difícil encontrar hombrecillo político más insignificante, con menos dotes intelectuales al tiempo que más inmaduro. Tanto que impregna su gestualidad de lloriqueos adolescentes, pamplinas melodramáticas y teatralización de un heroísmo del que carece («Me clavo en el pecho la espada que ya no me servirá para combatir», escribió desde Estremera en plan guionista de una de romanos). Esto es, puro victimismo infantiloide y lacrimal interpretado para un público de homúnculos en consonancia.
¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Cómo los homunculi catalani se han engallado hasta desafiar a la nación más antigua y heroica de Europa? La respuesta es doble. 1. Los homúnculos se reconocen entre ellos. 2 Por el ocaso del Estado español en Cataluña. Es sabido, cuando el Sol está en el ocaso un enano proyecta tanta sombra como un gigante.
Juan José R. Calaza es Economista y matemático
miércoles, 16 de enero de 2019
Juan José R. Calaza ABC 15 de enero 2019 Primera discontinuidad en la historia.
Primera discontinuidad en la historia
«No hay adquisición humana que sea firme»
José Ortega y Gasset (Meditación de la técnica)
EN la segunda cumbre mundial Edición del Genoma Humano (Hong Kong, 27-29, 11, 2018) el anuncio del biólogo chino He Jiankui rompió un tabú allende cuestiones de protocolo científico no respetado y violaciones de códigos y de las propias leyes chinas. La modificación del genoma de gemelas (fecundación «in vitro» a partir de embriones modificados antes de implantarlos en el útero materno) no tuvo por finalidad curar una enfermedad -eventual contagio de VIH, pretexto humanitario- sino manipular ADN (inyectando una proteína Crispr-Cas9 encargada de modificar un gen) para mejorar la especie puesto que las modificaciones que impiden el contagio podrán transmitirse a la descendencia. Desgraciadamente, lo que eventualmente se mejora por una parte puede empeorar por otra habida cuenta que los efectos globales de una manipulación específica son impredecibles dada la complejidad combinatoria que subyace en la modificación del genoma. Por ello, la comunidad científica internacional y las autoridades chinas condenaron sin ambages la irresponsabilidad del experimento al sentar gravísimo precedente.
De Hegel a Fukuyama y de Marx a Yuval Noah Harari -sin olvidar al gran Assimov y su saga «Foundation»- la cartografía de senderos que permiten transitar distintas corrientes del pensamiento respecto al devenir de nuestra especie es densa pero sujeta a contingencia: nadie puede predecir el futuro. Los resultados obtenidos por He Jiankui, tanto si se confirman científicamente como si se rechazan, quizás no añadan nada nuevo a lo sabido siendo simplemente la inquietante cima de un iceberg colosal: antes de cien años se producirá la primera discontinuidad radical en la Historia. Y no solamente a causa de modificaciones del genoma. Nadie puede predecir si será perversa o virtuosa, pero incluso en este caso será discontinuidad.
Debe quedar claro que la discontinuidad a la que me refiero es radical, absoluta, nada que ver con precedentes intentos de filiar discontinuidades históricas. Así, Michel Foucault, en Les mots et les choses, 1966, señaló dos grandes discontinuidades en la cultura occidental. La que inaugura el clasicismo, mediados del siglo XVII, y la que principia en el XIX, umbral de la modernidad. El análisis de Foucault, más arqueológico que histórico, no carece de pertinencia en relación a las ciencias humanas, pero no alcanza a explicar el núcleo duro de la discontinuidad total, hasta el punto de afectar a la propia naturaleza del ser humano, que está eclosionando asentada sólidamente en la ciencia y alta tecnología.
Todo lo que hemos conocido hasta ahora -por muy disruptivas que hayan sido las nuevas tecnologías y virtuoso el progreso técnico, por violentas que fuesen las invasiones y letales las epidemias en el pasado, por impactantes que resultasen los efectos del cambio climático- no tiene nada que ver, comparativamente, con lo que aflora en el horizonte de la temporalidad deslizante. La Humanidad -con sobresaltos, progresos, retrocesos, caídas y ascensos- ha vivido hasta la fecha un decurso relativamente ascendente y lineal -el fuego, la agricultura, el cuchillo, el carro, el cuero, la sartén, los tejidos, el horno, las escaleras, la escritura se utilizan desde hace miles de años y siguen entre nosotros- adaptándose parsimoniosamente en el largo plazo aunque los eventos históricos puedan dar la impresión, contemplados en su inmediatez, de cambios súbitos, repentinos, violentos. Que lo fueron pero sin provocar una discontinuidad.
La convergencia en marcha y exponencial desarrollo futuro de biotecnologías e ingeniería genética, los avances en teleportación cuántica, nanotecnologías, neurociencias y cableado cerebral, nuevos materiales, inteligencia artificial, robótica, capacidad de cálculo y tratamiento Big Data mediante el ordenador cuántico, harán que la relación del ser humano con su entorno físico y social sea radical y cualitativamente distinta que en el pasado. Obsérvese que, vía el principio de superposición de ondas, la mecánica cuántica -la revolución teórica más radical de todos los tiempos- produjo una discontinuidad en la forma de entender el mundo pero no en la forma de habitarlo. Y esto es lo sustantivo porque lo propio del ser humano es habitar el mundo. Habitar humanamente equivale a modificar el mundo natural para crear un mundo propio a Homo sapiens (HS). Desde un principio, esa modificación el ser humano la emprendió mediante la técnica y la magia/religión.
HS en el mundo toma a cargo conscientemente y estratégicamente su sobrevivencia. Sin embargo, la carga resulta vitalmente pesada de soportar. En esas circunstancias, la técnica y la religión constituyen el conjunto de medios que facilitan un relativo deslastre del peso de vivir. Desde el origen de HS, técnica y religión hay que entenderlas como facilitadoras de la existencia (Michel Puech dixit). La técnica representa una facilitación práctica, o «eficaz», al tiempo que la religión es una facilitación simbólica.
HS surgió en grupo, orando y con un cuchillo de pedernal en la mano, apoyándose en tres pilares que lo elevaron por encima del mundo animal: la sociabilidad, la religión y la técnica. La sociabilidad fue condición necesaria aunque no suficiente del lenguaje; la religión (magia en los primeros balbuceos) le proporcionó una simbología espiritual poderosa para facilitar su inexplicable existencia; la técnica le permitió relajar la constricción material.
Se atribuye a Benjamín Franklin la restrictiva definición de hombre como tool-making animal (animal que fabrica herramientas): olvidó la religión y la sociabilidad.
Si bien técnica y religión acompañan al ser humano desde su origen, la ciencia es relativamente reciente. Sin entrar en la diferencia entre técnica y tecnología, que la hay, es crucial la diferencia entre técnica y ciencia. La técnica intenta el confort del HS en el mundo; la ciencia busca el poder sobre el mundo. No es la técnica lo que nos llevó a la ciencia sino la religión en su afán por explicar las grandes cuestiones que ignoramos. La técnica nos ayuda a vivir incurriendo en el coste de herir a la Naturaleza. La ciencia nos hará omnipotentes, casi dioses, o nos destruirá: en uno u otro caso se producirá una discontinuidad en la Historia. Incluso es posible que después de la omnipotencia llegue la destrucción.
Indeseables modificaciones genéticas ponen en peligro el futuro de la Humanidad. Bien sea por errores de modificaciones con resultados monstruosos o por emulación entre países, o poderosas organizaciones, en aras de dominar a los adversarios/enemigos con humanos genéticamente modificados. La experiencia lo enseña, por las ventanas abiertas pueden entrar amantes o asesinos aunque estos adopten la forma metafórica de Homo deus popularizado por Yuval Noah Harari. Es esta una eventual forma de discontinuidad, una entre tantas otras que apuntan en el horizonte de la Humanidad.
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Juan José R. Calaza es matemático y economista
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