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lunes, 10 de febrero de 2020

Juan José Rodriguez Calaza. ABC,10 de febrero de 2020


LA TERCERA

Dr. Sánchez, climatólogo

«Justificándose en acuerdos europeos, sumisamente suscritos sin chistar, la declaración de emergencia climática del Gobierno revela oportunismo y demagogia. Vamos a exportar aire limpio y empleo e importar aire chino y paro»


El Ejecutivo aprobó (21/01) una «declaración de emergencia climática» demagógica de popa a proa. De treinta perlas declaradas evaluaré cuatro. Y llega.Primera: Las ciudades de más de 50.000 habitantes deberán contar con zonas de bajas emisiones.
Andan algo despistados quienes se preocupan obsesivamente por la calidad del aire exterior en las ciudades siendo el verdadero problema la polución de interiores (profesionales o habitacionales) en los que pasamos el 80% de nuestra vida. EPA (United States Environmental Protection Agency, https: //en.wikipedia.org/wiki/Indoor_air_quality) sitúa la polución del aire interior entre los cinco principales riesgos para la salud pública. Además, incluso manteniendo en las grandes ciudades la actual concentración de CO2 representará un riesgo menor que habitar una casa de piedra en la Sierra

 (emanaciones de radón) y calentarse al hogareño fuego de chimenea (nocivas micropartículas provenientes de la combustión de leña).
Segunda. El 100% de la energía que se consuma en el 2050 deberá ser renovable.
Según la International Energy Agency, teniendo en cuenta el parón nuclear e independientemente de las medidas que se adopten en Europa (que solo emite el 9% del CO2 mundial) en el 2050 las fósiles representarán aún el 68% de demanda global de fuentes primarias de energía.
El transporte aéreo doblará en volumen, aumentando las emisiones de CO2 entre 300% y 600%. El recurso a biocarburantes, no es fácil, reduciría escasamente al 50% las emisiones. China proyecta construir doscientos aeropuertos en diez años sin privarse de la tecnología clásica de keroseno. Financiaremos su enriquecimiento con nuestro empobrecimiento. La flota mundial de transporte marítimo podría emitir en ese horizonte temporal el 15% de gases con efecto invernadero. Teniendo en cuenta que la vida media útil de un barco es de 35 años, la reconversión acelerada se prevé ruinosa. Sustituir fuel pesado por gas licuado (solución de transición) o hidrógeno (solución definitiva) es una revolución que no todos los países están dispuestos a encarar en los plazos europeos.
En cuanto a fuentes energéticas, la creciente oposición, incluidos ecologistas, impide poner demasiadas esperanzas en los aerogeneradores, de suministro intermitente y bajo rendimiento de la capacidad instalada en tierra, doble cuando offshore (con la excepción danesa, solamente 11% de la potencia eólica instalada en Europa es marina). No es viable convertir el territorio en un parque de aerogeneradores, los pleitos por impacto medioambiental se multiplicarán. Sin olvidar que, al ser intermitentes, tanto eólicas como fotovoltaicas obligan a los usuarios a almacenar electricidad, por seguridad, en baterías y pilas pesadas y caras condicionadas por la disponibilidad de materias estratégicas.
Aconsejo al doctor Sánchez, metido a climatólogo, que empiece por enterarse de la ley de Jevons y, ya puesto, lea los fáciles libritos «Éoliennes: chronique d’un naufrage annoncé» -autoría de P. Dumont y D. de Kergolary- y «Éoliennes: la face noire de la transition écologique» de F. Bougle.
Tercera. Presentación de una senda para eliminar totalmente emisiones de gases con efecto invernadero de origen antrópico.
Hay correlación pero no prueba de que el cambio climático se deba a la concentración de CO2. El principal gas con efecto invernadero es el vapor de agua, condensable. El aumento de concentración de CO2 genera vapor de agua, vía calor-evaporación (fórmula de Clausius-Clapeyron), que retroalimenta positivamente (feedback loop). Las retroacciones positivas son explosivas al ir de más a más. Si no hubiera en la dinámica climática alguna variable de control natural que compensara negativamente la retroactivación positiva la vida ya habría desaparecido de la Tierra.
En media, el CO2 puede permanecer un siglo en la atmósfera al tiempo que el vapor de agua se disipa rápidamente. No obstante, con distribución espacial desigual, la cantidad global permanece prácticamente constante con ligera tendencia al alza (irrigación) y, al ser condensable, algunos aerosoles lo transforman en nubes que ejercen el doble papel de enfriar y calentar la Tierra. En cualquier día del año, entre el 50% y el 70% de la superficie del planeta está recubierta de nubes. Los aerosoles, a su vez, intervienen en el calentamiento/enfriamiento (desde los trabajos de Bjorn Stevens, menor enfriamiento del que se creía). Vapor de agua y nubes son bolsas de aerosoles. Estos tres elementos interactúan crucialmente pero de forma imprecisa, o ad hoc, en el parametrado de los modelos climáticos (ver mi artículo en Claves, enero-febrero 2020, «La difícil modelización sin una teoría más sólida del clima»). Resumiendo sintéticamente, CO2 y vapor de agua calientan la Tierra; es dudoso el resultado neto de las nubes; los aerosoles la enfrían.
Actualmente, aunque no carecen de coherencia interna gracias a las ecuaciones de la termodinámica y mecánica de fluidos, no hay ni un solo modelo capaz de realizar proyección fiable tomando en cuenta las retroacciones dinámicas de la secuencia calentamiento -CO2-calentamiento -vapor de aguacalentamiento-aerosoles-nubes- calentamiento / enfriamiento (por no hablar de la interacción océano-atmosfera o el ambiguo papel de los bosques). La mayoría de las proyecciones catastrofistas (hasta +7°C en el 2100 dependiendo de la concentración de CO2) se basan en parametrado de modelos climáticos que sobre-reaccionan amplificando la retroalimentación del vapor de agua en el calentamiento global, incapaces de proyectar correctamente el impacto de enfriamiento de cierto tipo de sistemas nubosos y otras dinámicas de retroacción negativa (las nevadas están aumentando la cantidad de hielo en el centro del Ártico). En fin, no sabemos en el futuro, pero, en el hemisferio norte, las ventajas del ligero calentamiento constatado, superan a los inconvenientes, que también hay.
Cuarta. Transformación hacia la neutralidad climática (sic).
España no necesita ninguna transformación hacia la neutralidad climática (sic) pues teniendo en cuenta la baja emisión relativa por habitante de los gases referenciados en Tokio junto con abundantes bosques, mares, orografía y cierres de centrales de carbón (que funcionan a fondo en Alemania, China, etcétera) capturamos aproximadamente 30% más CO2 del que emitimos. No perderé ni un minuto en demostrárselo a La Moncloa (ver mi artículo en Expansión, «¿Urgencia energética o climática?» 17/12/2019) pero, insisto, las medidas propagandísticas de emergencia climática que impulsa Europa, y este Gobierno acepta sumisamente sin chistar, significan exportar aire limpio, PIB y empleo e importar aire chino y paro.
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Juan José R. Calaza es economista y matemático

ABC

martes, 20 de agosto de 2019

Juan José R. Calaza ABC, 20 de agosto de 2019. Medio ambiente y crecimiento

Medio ambiente y crecimiento

«No me extrañaría que la obsesión climática empezara a pasar factura en términos de crecimiento económico. En Alemania producir electricidad cuesta el doble que en Francia, es también el país europeo con mayor capacidad energética renovable instalada, el que más recursos económicos dedica para combatir el cambio climático y el que emite más CO2. Todo un logro»


Se imputa en general al Brexit y a la guerra comercial latente entre EE.UU. y China el reciente retroceso sufrido por la economía de Alemania. Sin excluir la pertinencia del diagnóstico coyuntural debemos ir allende los lugares comunes arriesgando otro punto de vista.
A finales del siglo XIX, el auge del maquinismo, facilitado por energía abundante y barata, indujo un choque precoz de la productividad del trabajo en EE.UU. que culminó en Japón, década 1960-1970, con aumentos anuales del 7,5%. Desde entonces, el declive relativo de países de vieja raigambre industrial se debe, probablemente, a crisis de innovación.
Robert Gordon (The Economics of Secular Stagnation, 2015) estableció que la revolución de las TIC -tercera revolución industrial con un ciclo activo de 25 años- produjo efectos bastante modestos comparados con los de la segunda -electricidad, motor a explosión, química, aeronáutica, etcétera- que duró 75 años. Empeorando las cosas, en los últimos veinte años la innovación privilegió el entretenimiento y la comunicación lo cual, visiblemente, no impulsa la productividad del trabajo. Las industrias punteras situadas en dichos sectores atraen capitales disponibles que crean poco empleo directo y el inducido es mal remunerado en el tramo bajo, demasiado pagado en el tramo alto, incidiendo por contagio en la desaparición de las clases medias occidentales, impulsoras históricamente del progreso científico y tecnológico.


El primer argumento respecto a la ralentización de la innovación es que los frutos fáciles de recoger ya han sido cosechados resultando progresivamente más difícil innovar a bajo coste. Críticamente, en la era de las nanotecnologías (chips 3D, por ejemplo) muchos expertos industriales y economistas no adoptan esta visión pesimista. Frente a las críticas, Gordon mantiene que el progreso técnico solo afecta a un tercio de la productividad. Más negativos resultan, en su opinión, seis «vientos de proa/cara» (windheads) que sofrenan la capacidad del sistema económico para producir riqueza de forma eficaz. Aun así, para los optimistas afloran considerables oportunidades industriales en la green economics. Siguiendo a Jeremy Rifkin, en la transición energética hay amplia potencialidad de crecimiento macroeconómico.
Independientemente de la jerarquización negativa de lastres estructurales varios, el viento de proa que no admite dudas concierne a las restricciones medioambientales que impone el ecologismo político -todos los partidos y numerosas instituciones lo comparten transversalmente- sin prácticamente posibilidad de relajamiento a medida que crece la población del planeta.
Inevitablemente, en cuestiones medioambientales, en previsión de falta de consenso se aplica el principio de precaución a veces de manera excesivamente conservacionista o alarmista. Este principio es viejo como el mundo y se encuentra no solo en nuestro refranero («Vale más prevenir que lamentar») sino en el de otras lenguas (Better safe than sorry/ Mieux vaut prévenir que guérir). El principio de precaución afirma que si una decisión privada o pública, respecto a cuyo riesgo no hay consenso científico completo, pudiese generar un efecto perverso o perjuicio grave para las personas o el entorno medioambiental, el descargo de la prueba es a costa de quien toma la decisión. En consecuencia, los países sujetos a acuerdos internacionales que emitan CO2 deberían probar que no provoca calentamiento global. Y de consuno pagar por emitirlo.
En su origen, el principio se instauró para proteger la salud, de ahí las restricciones para permitir a los laboratorios comercializar ciertos medicamentos sin que se descarguen, debiendo justificar previamente que carecen de efectos secundarios. Ello parece confirmar el planteamiento de Gordon cuando apunta a costes crecientes de la innovación. La inversión en aras del descubrimiento de una molécula interesante comercialmente aumenta en el tiempo y puede alcanzar varios miles de millones de dólares, teniendo en cuenta los tests de validación en consonancia con el principio de precaución.
Si bien en lo que concierne a la salud todas las precauciones son pocas, choca, no obstante, que los ecologistas duros y puros equiparen el medioambiente a un ser humano al que incluso han bautizado Madre Tierra, en completa oposición al aforismo de William Petty (Naturaleza es madre y trabajo padre de la riqueza). Con ideología tan peculiar, el principio de precaución se instauró en 1992 en la Declaración de Río (Cumbre de la Tierra organizada por la ONU). Léase, si hay riesgo de perjuicios o daños graves e irreversibles, la ausencia de certidumbre científica o de consenso no puede ser pretexto para retrasar la adopción de medidas efectivas que prevengan la degradación del entorno y ecosistemas.
La aplicación indiscriminada del principio me parece más propia de la bisoña y oportunista Greta Thunberg que de científicos solventes y políticos atentos al bienestar social. No sorprende que los informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) -otra organización ultra subvencionada que se sacó la ONU de la chistera ecologista ya en 1988- queden eximidos institucionalmente de las exigencias probatorias que se endosan a quienes mantienen, científicamente, que las emisiones de CO2 de origen antrópico no son completamente responsables del calentamiento global. Y urgen estudiar a fondo las eventuales causas naturales. No es anecdótico que el Premio Nobel de la Paz fuese otorgado a partes iguales a Al Gore y al IPCC (2007). A Al Gore, la eminencia que llegó a anticipar 3°C de aumento de temperatura media, para 2020, respecto a la época preindustrial. Sobra decir que los datos los sacó del IPCC.
El principio de precaución impone una asimetría científica exasperante, abre las puertas a prácticas abusivas, crea inmensos océanos de corrupción y clientelismo y estimula normativas económicas potencialmente empobrecedoras e inútiles ante cualquier free-rider: EE.UU. se retiró, 2017, de los Acuerdos de París. Téngase en cuenta el caso alemán cuya transición energética, bajo presión de los ecologistas con el sacrosanto principio de precaución en bandolera, parece pensada con los pies. No me extrañaría que la obsesión climática empezara a pasar factura en términos de crecimiento económico. En efecto, en Alemania producir electricidad cuesta el doble que en Francia, es también el país europeo con mayor capacidad energética renovable instalada (fotovoltaica y eólica), el que más recursos económicos ha dedicado y dedica en su política para combatir el cambio climático y el que emite más CO2. Todo un logro.
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Juan José R. Calaza es economista y matemático
ABC

sábado, 12 de noviembre de 2011

Juan José R. Calaza Artículos Faro de Vigo 2011



De las tinieblas a los faroles. Domingo 29 de mayo de 2011

Del voto y sus paradojas. Domingo 22 de mayo de 2011

Solo los ingenuos se tragan las fábulas freudianas. Domingo 15 de mayo de 2011


Periodismo misionero. Domingo 01 de mayo de 2011

Cómo puedo estar tan equivocado? Domingo 24 de abril de 2011

Poyekali!  Domingo 10 de abril de 2011

La hazaña cenital de Yuri Gagarin. Domingo 03 de abril de 2011



¿Por qué los japoneses no lloran? Domingo 20 de marzo de 2011


Catalanadas. Domingo 13 de marzo de 2011

¿España se desconecta de los ciclos económicos europeos? Domingo 06 de marzo de 2011

Cajas y pancartas. Domingo 27 de febrero de 2011

Los chinos, tan discretos y amables… Domingo 20 de febrero de 2011

Reconsiderando el 10% de marras. Domingo 13 de febrero de 2011

¿Y si Hitler hubiera descubierto la penicilina? Domingo 06 de febrero de 2011


Rejoinder al "caso Conde" Domingo 30 de enero de 2011

Grotesca extravagancia. Domingo 23 de enero de 2011



 Golpe bajo a la energía limpia. Domingo 09 de enero de 2011


El caso Conde. Domingo 02 de enero de 2011

Juan José R. Calaza Artículos Faro de Vigo 2010

El papel de los economistas en las crisis. Domingo 06 de junio de 2010

Chat Noir. Domingo 13 de junio de 2010

De Kantorovich a Wall Street. Domingo 20 de junio de 2010

El mito del número de oro. Domingo 27 de junio de 2010




Serpiente de verano: Galicia bajo el mar. Domingo 25 de julio de 2010

Toros y Estatut vistos desde Galicia. Domingo 01 de agosto de 2010


De espías, leyendas urbanas y martirios. Domingo 19 de septiembre de 2010

Hawking ¿divo o científico? Domingo 03 de octubre de 2010



¿Por qué crecen las ciudades?  Miércoles 27 de octubre de 2010

Hablemos de energía (y tomemos conciencia). Domingo 31 de octubre de 2010

¿Tiene futuro el coche eléctrico? Domingo 07 de noviembre de 2010


De la alquimia a la cosmología especulativa. Domingo 21 de noviembre de 2010



Vuelve la tabarra nacionalista. Domingo 26 de diciembre de 2010